Eric Hobsbawm, el connotado historiador marxista, cuya trilogía sobre el "largo siglo XIX" se convirtió en un referente para cientistas políticos, sociólogos, historiadores e incluso legos -La Era de la Revolución (1962), La Era del Capital (1975) y La Era del Imperio (1987)-, sería capaz como ningún otro, de seguir vivo, de escribir un libro sobre los tiempos que estamos viviendo reflejando claramente a la sociedad a través de todas sus variantes. Aún sin ser tan connotado como el difunto caballero, me atrevo con todas sus letras a decir que vivimos en la Era de lo Irreal.
Sin querer caer en lugares comunes, pero aún así, basta con mirar cualquier "matinal" de la televisión chilena para convencerse de aquello: un popurrí de rostros de tiendas comerciales, periodistas doctorados en opinología, tarotistas, médiums, adivinos, todo bien mezclado con hartos colorantes y saborizantes artificiales y listo, tenemos el alimento perfecto para que la gente pueda comenzar el día siendo más ignorante que el anterior.
Basta también con conectarse a cualquier red social. Hace ya 15 años casi (cómo pasa el tiempo), comencé a escribir mi primer blog, el que no era más que una forma de hacer catársis a la típica angustia juvenil de un pendejo de 16 años. En aquella época no existía ni facebook, ni twitter, ni instagram ni nada similar; recién se comenzaba a hablar de la Internet 2.0, una internet en que la gente dejaría de ser un mero consumidor de la información disponible en línea, para convertirse en creador, aportando con sus experiencias, vivencias e historias personales para nutrir de contenido a una red que estaba recién saliendo de su período adolescente.
Hoy, año 2017, todo se ha ido al carajo y de una forma especialmente paradójica. Hoy todos tienen una voz, hoy cualquiera puede opinar lo que le dé la gana y, es más, realmente tiene la posibilidad de ser escuchado -o leído-. De una forma u otra, hoy se puede decir con mayor propiedad que nunca que vivimos en un mundo democrático a niveles que no se habían conocido nunca antes en la historia del hombre, entendiendo el concepto de democracia como un sistema de cosas en que el ciudadano de a pie tiene realmente la opción de participar e incluso influir en el mundo que le rodea. A simple vista en ello no hay nada de malo.
El problema radica en que la opinión de la señorita bertita, en la realidad que vivimos día a día, tiene tanto peso cualitativo a ojos de la gente común y corriente, como la opinión de un catedrático o alguien docto en un ámbito X del saber. Esto es un hecho irrefutable y lamentable. Hoy no importa tanto el contenido del mensaje como el efecto que éste puede producir en la comunidad, y es en virtud de estos efectos cómo la sociedad valorará dicho mensaje, si de forma positiva o negativa, dependiendo de si se está o no ofendiendo a alguien. No soy el primero en decirlo: vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto.
Apurándome, se me viene a la mente el recuerdo de una conversación con un conocido: él es uno de los mayores defensores de prohibir el lucro en la educación, pero cuando llegó el momento en que quiso formalizar legalmente su pequeña empresa, tenía que elegir entre una corporación (sin fines de lucro) o una sociedad (con fines de lucro). Él, siendo consecuente, quería lo primero, pues no existe nada peor que el lucro, invento esclavizante del capitalismo, pero cuando le dije entonces que él no podría retirar utilidades, se escandalizó pues "es justo que si yo me saco la cresta trabajando reciba un sueldo". Como mi intención nunca ha sido sacar de su equivocación al resto, sólo me reí para mis adentros ante semejante personificación de la ignorancia y del pensamiento capitalista culpable.
La razón de ser de este blog, entre otras cosas, es la de denunciar casos similares que se den en el día a día. ¿Por qué un blog?, bueno, porque como antes (aunque con mayor intensidad en estos días), hoy prácticamente nadie lee blogs: las entradas son muy largas y ahora más que nunca, si una idea no puede ser expresada en 140 carácteres o a través de una foto o meme, sencillamente no existe para el común de los mortales.
Pero yo no quiero escribir para el común de los mortales, quiero escribir para que me lea gente pensante, que disfrute leyendo opiniones ajenas y que sea capaz de pensar distinto que yo, llevarme la contra o no, pero siendo capaz de hilar sus ideas de forma estructurada y debatir lo que salga. Empezemos.
Basta también con conectarse a cualquier red social. Hace ya 15 años casi (cómo pasa el tiempo), comencé a escribir mi primer blog, el que no era más que una forma de hacer catársis a la típica angustia juvenil de un pendejo de 16 años. En aquella época no existía ni facebook, ni twitter, ni instagram ni nada similar; recién se comenzaba a hablar de la Internet 2.0, una internet en que la gente dejaría de ser un mero consumidor de la información disponible en línea, para convertirse en creador, aportando con sus experiencias, vivencias e historias personales para nutrir de contenido a una red que estaba recién saliendo de su período adolescente.
Hoy, año 2017, todo se ha ido al carajo y de una forma especialmente paradójica. Hoy todos tienen una voz, hoy cualquiera puede opinar lo que le dé la gana y, es más, realmente tiene la posibilidad de ser escuchado -o leído-. De una forma u otra, hoy se puede decir con mayor propiedad que nunca que vivimos en un mundo democrático a niveles que no se habían conocido nunca antes en la historia del hombre, entendiendo el concepto de democracia como un sistema de cosas en que el ciudadano de a pie tiene realmente la opción de participar e incluso influir en el mundo que le rodea. A simple vista en ello no hay nada de malo.
El problema radica en que la opinión de la señorita bertita, en la realidad que vivimos día a día, tiene tanto peso cualitativo a ojos de la gente común y corriente, como la opinión de un catedrático o alguien docto en un ámbito X del saber. Esto es un hecho irrefutable y lamentable. Hoy no importa tanto el contenido del mensaje como el efecto que éste puede producir en la comunidad, y es en virtud de estos efectos cómo la sociedad valorará dicho mensaje, si de forma positiva o negativa, dependiendo de si se está o no ofendiendo a alguien. No soy el primero en decirlo: vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto.
Apurándome, se me viene a la mente el recuerdo de una conversación con un conocido: él es uno de los mayores defensores de prohibir el lucro en la educación, pero cuando llegó el momento en que quiso formalizar legalmente su pequeña empresa, tenía que elegir entre una corporación (sin fines de lucro) o una sociedad (con fines de lucro). Él, siendo consecuente, quería lo primero, pues no existe nada peor que el lucro, invento esclavizante del capitalismo, pero cuando le dije entonces que él no podría retirar utilidades, se escandalizó pues "es justo que si yo me saco la cresta trabajando reciba un sueldo". Como mi intención nunca ha sido sacar de su equivocación al resto, sólo me reí para mis adentros ante semejante personificación de la ignorancia y del pensamiento capitalista culpable.
La razón de ser de este blog, entre otras cosas, es la de denunciar casos similares que se den en el día a día. ¿Por qué un blog?, bueno, porque como antes (aunque con mayor intensidad en estos días), hoy prácticamente nadie lee blogs: las entradas son muy largas y ahora más que nunca, si una idea no puede ser expresada en 140 carácteres o a través de una foto o meme, sencillamente no existe para el común de los mortales.
Pero yo no quiero escribir para el común de los mortales, quiero escribir para que me lea gente pensante, que disfrute leyendo opiniones ajenas y que sea capaz de pensar distinto que yo, llevarme la contra o no, pero siendo capaz de hilar sus ideas de forma estructurada y debatir lo que salga. Empezemos.

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